
Hoy, 11 de Septiembre, la humanidad civilizada –que no es ni mucho menos la mayoría- conmemora con profundo dolor la masacre que marcará el siglo XXI, el atentado terrorista múltiple contra Nueva York y Estados Unidos en general a manos del islamismo fanático.
Tampoco en Cataluña una mayoría de ciudadanos recuerda con amargura la matanza de los santos inocentes de 2001, sino que se dedica a proclamar estupideces como “somos una nación (sic)” y a celebrar el “día nacional (sic) de Cataluña”.
Todo ello basado en un mito históricamente insostenible, como es que el 11 de Septiembre de 1714 Cataluña como nación independiente perdió su libertad por medio de una conquista militar del vecino reino de España. Cualquier persona minimamente informada sabe que lo que sucedió ese día es que una parte de España que apoyaba al candidato dinástico archiduque Carlos perdió a manos del otro candidato dinástico, Felipe de Borbón.
Pero ya dijo Jesús Mosterín:
“Las naciones, como los dioses, ni se ven ni se entienden; en las naciones, como en los dioses, se cree”.Por eso las únicas naciones reales son las naciones-estado, no por naciones –al menos en sentido étnico como las entienden los nacionalistas- sino por Estados, y la única nación-estado realmente existente desde 1812 es España. Lo demás son mitos.
Quizá la mejor definición de nacionalismo, especialmente del catalán, la haya dado un catalán, Albert Boadella, un antifranquista que ahora es perseguido y amenazado de muerte por la nueva Santa Inquisición, el nacionalismo imperante en Cataluña:
”El nacionalismo es como una ventosidad, placentera para el que la emite, pero desagradable para el que la siente.”