
En contra de la opinión mayoritaria de políticos, periodistas y tertulianos, pero tal y como habíamos anunciado algunos, ayer se consumó la tragedia. La mayoría nacionalista del
Parlament aprobó una constitución –bajo la falaz denominación de reforma del
Estatut- que proclama la autodeterminación (sic) de la nación (sic) catalana. El resto del farragoso texto -tiene más artículos que la periclitada Constitución española de 1978- es tan sólo la consecuencia: soberanía fiscal y financiera, soberanía judicial, soberanía política …
Los que contracorriente llevábamos tiempo diciendo que el
Estatut constituyente se aprobaría a pesar de las apariencias no lo hacíamos porque seamos adivinos, sino porque éramos conscientes de que existía un infame plan de derogación de la Constitución de 1978 para organizar una confederación ibérica de naciones (sic) libres. Plan diseñado por Juan Luis Cebrián por orden del hombre más poderoso de España, Jesús Polanco, y ejecutado por Zapatero y el resto de actores institucionales en la órbita del oligarca.
Ese plan –algunos lo denunciamos desde hace meses- pasa por la declaración de soberanía de Cataluña que se produjo ayer, porque este mal llamado
Estatut era el abrelatas para la declaración de la tregua por parte de ETA negociada desde hace un año por los emisarios de Zapatero. Si Cataluña declara su soberanía como nación (sic), Vasconia también lo podrá hacer a continuación, y por lo tanto el programa político máximo de ETA se habrá cumplido al cien por cien, consiguiendo la destrucción de la España democrática.
En las próximas semanas ETA declarará una tregua, y cuando consiga definitivamente su triunfo, dejará las armas. ETA habrá ganado, y los ciudadanos españoles habremos perdido, porque desparece el imperio de la Ley, la España democrática. Zapatero también habrá ganado unas elecciones anticipadas por goleada. Pero el hombre más poderoso de España habrá ganado mucho más, porque,
metafraseando a Nietzsche, allá donde termina el Estado comienza el imperio de los oligarcas.